Mientras J. Michael Straczynski y Olivier Coipel desarrollaban su estupenda etapa a cargo del Dios del Trueno, el imaginativo Matt Fraction se las ingenió para, al margen de la serie regular y en otro tono, hacer una crónica de Asgard a través de las eras y en varios actos, mostrándonos a un Thor iracundo y altivo, más acorde con su versión mitológica original, distante del noble y sabio protector de Midgard al que estamos acostumbrados. Así nace “Ages of Thunder”, un compilado de one-shots que vieron la luz entre mediados de 2008 y principios de 2009, todos escritos por Fraction y con portadas del muy capo artista germano Marko Djurdjevic.

TPB de “Ages of Thunder” (2009)

Tomando como base la idea del eterno retorno (Marvel ha establecido que hay innumerables ciclos de Ragnarok, cada uno con su propia versión de Asgard y sus principales actores), las historias que componen este tomo, tan épicas como los mitos que las inspiraron, están destinadas a un público más maduro, con más violencia y sexo que lo habitual. Por ejemplo, el hijo de Odín no tiene ningún problema en reventar la cabeza de sus enemigos con Mjolnir o celebrar sus victorias con numerosas concubinas. “Ages of Thunder”, en suma, contiene relatos más en la onda barbárica de Robert E. Howard que los avatares usuales del vengador asgardiano.

Portadas originales de “Ages of Thunder”, “Reign of Blood”, “Man of War” y “God-Size Special”

El número que le da título e inaugura el compilado fue publicado en junio de 2008. Con arte interior de Khari Evans y Patrick Zircher, esta entrega está ambientada en la era del tercer Ragnarok, bastante distante de las aventuras contemporáneas del Dios del Trueno y compañía. Dividido en dos partes de similar tono, este capítulo tiene al intrigante Loki y a la voluptuosa Enchantress como foco de la acción y con motivaciones algo distintas a las usuales, mientras Thor intenta afirmar su lugar dentro de su panteón, con los Gigantes de Hielo como principales víctimas de su furia y brutalidad.

Acaparando todo lo bueno de la vida

Mjolnir como instrumento de trepanación

“Reign of Blood”, el segundo capítulo y el más oscuro del volumen,  fue editado en agosto de 2008 y los encargados de los lápices son, nuevamente, Khari Evans y Patrick Zircher, quienes mejoran su buen hacer de la primera entrega. Acá Fraction nos presenta a los dioses nórdicos como una banda de ególatras y disolutos, cuyas constantes disputas le producen un daño incalculable a sus mundos y a sí mismos, con especial énfasis en las consecuencias de la inmoralidad tanto en el plano mundano como en el divino. Bonus: precisos homenajes a Slayer del metalero guionista.

Solo faltaba que lloviera sangre (y sucedió)

Heimdall, sempiterno vigía del Bifrost

La tercera entrega del tomo, “Man of War”, fue publicada originalmente en enero de 2009. A raíz de lo narrado en el capítulo anterior, Thor intenta justificar su orgullo y rabia, incapaz de ver la desproporción de sus reacciones, mientras que Odín ve su papel como Padre de Todo como carta blanca para hacer lo que quiera, sin alcanzar a ver que él también ha cometido errores tontos y es tan engreído como su hijo, desencadenando el inevitable y cíclico conflicto entre ambos. Patrick Zircher vuelve a impactar con su trazo, acompañado esta vez por el también talentoso Clay Mann.

Épicas batallas en parajes helados

Odín versus Odinson

Finalmente, el apartado cuatro es un sentido homenaje al inmenso Walter Simonson y su brillante etapa a cargo del vengador del martillo, en concreto al número 362 del primer volumen de la colección, fechado en diciembre de 1985, también incluido en el “God-Size Special” de febrero de 2009. Al venerado Skurge, un antiguo villano que se sacrificó en una batalla contra las fuerzas de Hel, los asgardianos ya no lo recuerdan como solían hacerlo, por lo que Thor, Balder y Loki se embarcan en una búsqueda a través de los nueve mundos para descubrir el origen de esta alteración y restaurar así su buen nombre. En el apartado gráfico, Dan Brereton, Doug Braithwaite, Miguel Ángel Sepúlveda y, sobre todo, Mike Allred, se lucen casi por igual, cada cual en su estilo.

El recordado Skurge the Executioner

Mike Allred homenajeando a Jack Kirby

Tras leer “Ages of Thunder”, queda claro por qué Matt Fraction consiguió el trabajo de escribir el título de forma regular, tras la partida de Kieron Gillen. Su eficiente narrativa y comprensión de la dinámica de los personajes, así como su calculado cuidado de no empantanarse con la continuidad (sin dejar de hacer las referencias de rigor a las etapas clásicas), hacen que este tomo pueda disfrutarse incluso careciendo de erudición sobre el canon asgardiano. Muy recomendable, sobre todo para quienes solo conozcan al Dios del Trueno por sus versiones cinematográficas.

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“It’s A Good Life…” es una de las novelas gráficas (o “picture novella”, como le llama su autor) más inteligentemente concebidas y bellamente ejecutadas que he leído hasta ahora. Publicada por Seth (seudónimo del canadiense Gregory Gallant) entre los números 4 y 9 de su serie “Palookaville”, fue luego recopilada en un solo volumen (hermosamente diseñado por él mismo) y publicada por la prestigiosa editorial canadiense Drawn & Quarterly en 1996, siendo calificada por The Comics Journal (la publicación de crítica de este medio más importante de Norteamérica) como uno de los cien mejores comics del Siglo XX.

“It’s A Good Life, If You Don’t Weaken”. Página interior.

Elaborada en clave autobiográfica, su argumento se desenvuelve alrededor de la obsesiva búsqueda de Seth de los rezagos de la obra y paradero de un caricaturista canadiense de los 50’ llamado “Kalo”, quién luego de alcanzar el éxito al ver publicado su trabajo en los magazines más importantes de Norteamérica, desaparece sin dejar rastro alguno. No obstante, esta premisa, que pudiera llevar a pensar que nos encontramos frente a una obra de género policial, es solo el armazón argumental que le sirve de base a Seth para componer un libro que es, por un lado, un encandilado homenaje a la tradición de los caricaturistas norteamericanos de la que forma parte el esquivo Kalo; y, por otro, la vívida representación de un hombre adulto atravesando una crisis personal producto de una sensación de permanente depresión que si bien no lo ha llevado al colapso, sí lo hace sentirse náufrago cada vez que piensa en qué ha hecho de su vida.

Una de las tiras de Kalo que haya Seth en el curso de “It’s A Good Life, If You Don’t Weaken”.

El primer aspecto mencionado encuentra su manifestación en el estilo gráfico elegido para “It’s A Good Life…” por su autor. En un momento temprano del libro, uno de los personajes secundarios apunta que las caricaturas de Kalo tienen un trazo que se parece mucho al de Seth. Y rápidamente nos damos cuenta que el volumen entero ha sido gráficamente ejecutado en función a esa semejanza pero con la peculiaridad de que los personajes que en las caricaturas del New Yorker o Esquire comparten solamente una escena, se ven aquí librados a un escenario mucho más amplio, que puede ser tanto una ciudad de Toronto que parece ser una bella maqueta (lo que nos hace recordar el carácter ficticio de la historia, su condición de artificio, a contracorriente de su aliento autobiográfico) como las localidades de la campiña canadiense que recorre Seth, embarcado en su búsqueda. Pero probablemente el aspecto más bello de esta magnificación del estilo adoptado por el autor sea el uso del color celeste lavado para figurar la luz, que además de demostrar la pericia de Seth como ilustrador (dado que este recurso es enormemente más difícil de administrar en una historia que no se agota en una sola viñeta), es verdaderamente placentero de ver sobre el papel marfileño usado en la edición diseñada por él mismo.

It’s A Good Life, If You Don’t Weaken”. Página interior.

En relación al segundo aspecto, es decir, la representación del normalizado conflicto interior del protagonista (uno del tipo con el que todos tenemos que lidiar, seguramente), es claro que la fascinación del Seth-protagonista por Kalo esta originada en la posibilidad de descubrir paralelos entre ambos que vayan más allá del estilo de sus trazos. Seth parece estar en busca de una epifanía, de una señal que lo ayude a entender qué necesita enmendar en su vida. Y para un hombre cuya vida gira en torno a su oficio y que vive obsesionado por el pasado (al punto que parece vestir siempre como personaje de Mad Men), resulta especialmente apropiado que busque esa revelación en un caricaturista de los 50’. Lo interesante del caso es que este hombre que está en busca de una revelación con tanto ahínco y que parece sentirse tan disgustado con aquello que es, aborrece íntima y minuciosamente el cambio (en la arquitectura de su ciudad, en los lugares que más gusta visitar, en su relación con su familia y en un largo etcétera). ¿De qué le servirá su epifanía, si la obtiene (podría pensar uno), si no estará dispuesto a cambiar lo que haya que cambiar en consecuencia? ¿No lo llevará todo esto a un callejón sin salida? Al final, ¿no pasará esto de ser una distracción y nada más? Son muchas las preguntas que nos hacemos mientras el libro se va acercando a su resolución; pero el hecho que éstas nos vayan surgiendo no solo respecto a la suerte del protagonista sino a la nuestra propia (interpelados por lo que nos cuenta “It’s A Good Life…”) habla de lo conmovedor que resulta este libro. Lo cierto es que éste no rehuye las respuestas. Y si bien no son para tomar dictado, no dejan de ser (de alguna forma) reconfortantes.

“It’s A Good Life, If You Don’t Weaken”. Viñeta interior.

Ahora bien, con el fin de hacerle plena justicia a un volumen con el título que tiene este (“Es una buena vida sino uno no se desanima”), conviene aclarar que la composición del relato permite administrar de una forma elegantemente iluminadora las ideas con las que lidia el guión. Ni de técnica autoindulgente ni de tono aleccionador, muchas veces bastará solo el gesto de un rostro, la forma en que la luz se despliega en la viñeta o simplemente qué objeto es representado en ella para echar a andar nuestra reflexión sobre lo que “está pasando” en el relato. La existencia de ese tipo de diálogo de contenidos al interior de “It’s A Good Life…” demuestra, en general, el alcance de las posibilidades específicas del cómic como medio de expresión y da cuenta, en particular, de su propia riqueza como obra de arte.

“It’s A Good Life, If You Don’t Weaken”. Página interior.

Finalmente, un apunte (aún más) personal. Descubrí a Seth al mismo tiempo que a Chester Brown, cuando un amigo puso en mis manos por un corto tiempo (un par de horas, en realidad) “It’s A Good Life…” y “I Never Like You”. Leí inmediatamente este último y me pareció estupendo (tal como me anime a contarles aquí), lo me decidió a leer todo lo hecho por Brown que pudiera conseguir (tarea en la que he avanzado un poco ya). Así que, si bien en aquella ocasión preferí no empezar “It’s A Good Life…” y recién la leí años después, para entonces ya estaba al tanto de Seth, como personaje de Chester Brown (en “Paying For It”), y fue muy divertido ver que éste también había sido personaje del propio Seth en este otro libro. La amistad de estos dos magníficos autores es una coincidencia que ellos afirman los ha enriquecido artística y personalmente. Y el hecho de que cada uno nos presente al otro al interior de sus propios libros constituye una (in)voluntaria invitación a conocerlos a ambos como autores. Una experiencia destinada, sin duda alguna, a enriquecernos a nosotros también.

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Un desesperado Ichiro, primo de Mariko Yashida, llama a Logan y le ruega que encuentre a su pequeño hijo, quien fue secuestrado por error al ser confundido con el vástago del adinerado empresario para quien trabaja. Ya en Japón, Wolverine se percata de que todo ha sido una trampa y que a quien querían era a él, la perfecta máquina de matar, con objetivos nada santos. Así inicia “Enemy of the State”, una de las sagas más importantes del mutante canadiense y gran triunfo del tándem conformado por los talentosos Mark Millar y John Romita Jr., sobre la base de una idea del patriarca Chris Claremont.

Portada del TPB de “Enemy of the State” (2008)

Publicada originalmente en seis entregas, entre diciembre de 2004 y abril de 2005, “Enemy of the State” es una de las más disfrutables historias del mainstream norteamericano de los últimos diez años, probando con creces que la calidad y la espectacularidad también pueden ir de la mano y no son necesariamente conceptos incompatibles. Pletórico de acción pura y dura sin mayor propósito que el de entretener, este arco fue un éxito de ventas, se garantizó una secuela e incrementó todavía más la reputación de sus autores entre críticos y público en general.

Tapas originales del tercer volumen de Wolverine, números 20 al 25

Mark Millar se las ingenia para contar una trepidante y adictiva historia, que no da respiro al lector, reuniendo en unas cuantas páginas a pesos pesados del universo Marvel como los Avengers, los X-Men, The Hand, Hydra, Daredevil, entre otros, sin que estos le roben protagonismo a Wolverine o su multiplicación le reste consistencia y coherencia a la trama. Con un ritmo arrollador, diálogos efectivos y punzantes y sorprendentes giros argumentales, el escocés le cambió totalmente la cara a la serie, hasta entonces guionizada por el competente Greg Rucka, cuya apreciable caracterización del personaje era más realista y menos pirotécnica.

Logan contra los ninjas zombies de The Hand 

The Hand facilitándole su know-how a Hydra

A pesar de que puede leerse sin referencias previas, “Enemy of the State” evoca recordadas y entrañables historias del personaje, además de preparar el camino para desarrollos argumentales futuros de la Casa de las Ideas, que involucrarán a más de un caído en combate durante estos seis números. Su periplo japonés coge elementos de aquí, lo mismo que su reprogramación y estado feral lo hace de acá y del glorioso Daredevil de Miller, además de otros varios guiños para complacer a los marvelitas más obsesos. ¿Se imaginan una adaptación cinematográfica? Podría ser algo monstruoso.

“¡Sorpresa!” 

Wolverine versus los Fantastic Four

En el apartado gráfico, la labor del enorme John Romita Jr. destaca como casi siempre, con su estilizado, dinámico e inconfundible trazo, especialmente adecuado para las secuencias de batalla, las más de esta saga, con especial énfasis en la viñeta a página completa. A Klaus Janson se lo ve comedido en el entintado, ajustándose a lo pedido por el dibujante, sin duda. Por último, destaca también el coloreado de Paul Mounts, lleno de vida y luz incluso en las partes más tenebrosas, para un cómic de estas características.

Daredevil recibe visitas inesperadas 

Vibranium contra adamantium

En suma, “Enemy of the State” es una muy recomendable lectura, tanto para los aficionados a los enmallados como al cómic en general y puede llevar a varios incondicionales de Wolverine, Millar y Romita Jr. al paroxismo nerdgásmico. Junto con su continuación, “Agent of S.H.I.E.L.D.” (que reseñaré la próxima semana), fue editada en 2009 por el diario Perú 21 en seis números dobles, para beneplácito de los fans nacionales. Tampoco puede faltar en ninguna biblioteca dedicada a los mutantes y a su más famoso exponente, el de las garras de adamantium.

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Obvio que no descubro la pólvora al denunciar que dentro de nuestros queridos personajes de franquicia de DC o Marvel, en muchas ocasiones (lamentablemente en la mayoría), será sumamente complicado el poder encontrarnos con proyectos efectuados con el profesionalismo que siempre se esperaría (ilusos a veces los seguidores) de las dos grandes del mundo superheroico. Es decir, proyectos en los cuales su finalidad no sólo sea el buscar vender cómics (no criticable per se, por supuesto), sino principalmente darnos a los fanáticos productos u obras que podamos atesorar dentro de nuestras colecciones como creaciones plausibles, dignas y admirables dentro de este maravilloso campo. Pues bien, entre febrero del año 2003 y abril del 2006, y a lo largo de 40 intensos números, ello fue posible con Gotham Central, una de las mejores series de Batman de los últimos años (y por qué no atrevernos a decir, de la historia del personaje y su universo). Y como no podía ser un excelente producto si detrás del mismo estaban los estupendos Greg Rucka y Ed Brubaker, con – y creo que en esto radicaría el éxito-, libertad creativa.

Es conocido que Rucka y Brubaker habían coincido previamente en la saga Officer Down dentro de las usuales cabeceras de Batman, y que de ellos mismos surgió la idea de hacer un trabajo conjunto centrado en historias del Departamento de Policía de Gotham; pero enfocado no en su por momentos tensa relación con Batman o en la amplísima galería de villanos, sino en las historias más íntimas de sus integrantes. Lo que podía parecer un sinsentido, se convirtió en un acierto total. Esos personajes olvidados o secundarios, eran el insumo ideal para contar tramas llenas de acaecimientos o sucesos heroicos, trágicos, humillantes y a veces triunfantes de esta policía de Gotham. Y qué suerte para nosotros que, probablemente aquellos dos mejores escritores de cómics de temática policial/criminal se unieron para darnos este trabajo; el que como lo dijimos fue desde un punto de vista creativo, un éxito. El profesionalismo y la dedicación era tal, que se esperó especialmente, avanzando y preparándose los guiones a lo largo de casi un año, a que el por momentos asombroso Michael Lark terminara sus encargos en otros proyectos para que él sea el hombre de los lápices. Los cerebros y corazón de Gotham Central estaban listos.

Aclamada por la crítica especializada, lamentablemente las ventas no le sonrieron y duró como dijimos 40 números, habiendo corrido rumores de su inminente cancelación prácticamente desde su inicio. Pero más allá de estos problemas de pasillo, Gotham Central es finalmente un portentoso conjunto de historias dramáticas, trágicas y complicadas de seres muy humanos en el sentido literal del término (esos policías de Gotham), que tienen el “privilegio” de convivir y sobrevivir en un contexto donde el crimen y la locura son los hilos que conducen a una ciudad. Destaca por tanto en Gotham Central el hecho que nos permite introducirnos en la intimidad de sus personajes, cada uno mejor construido que el otro; y, dentro de los cuales quizás brilla por sobre todos (al menos para mí), el de Renee Montoya y ese galardonado arco Half a Life de un Rucka en su máximo esplendor. Otros personajes que destacan son el Comisionado Michael Akins, la Capitana Maggie Sawyer, el teniente Rob Probson, Marcus Driver, Romy Chandler, Crispus Allen (no quiero espoilear a nadie, pero todavía me duele lo que hicieron con él en la serie), Josephine “Josie Mac” MacDonald, Jim Corrigan y un larguísimo etcétera. Y llámenme loco, pero lo “mejor” es que Batman no aparece, o lo hace en contadas ocasiones, siempre alejado del núcleo narrativo; convirtiéndose en un mero espectador como nosotros; espectador vigilante de esas historias que se nos presentan donde los verdaderos protagonistas son la ciudad de Gotham y su policía.

Dentro de los principales arcos que Rucka y Brubaker nos despliegan con esa plena lucidez de quienes saben hacia dónde apuntaban con su trabajo, hay algunos memorables como In The Line of Duty, el ya mencionado Half a Life (ganador de una serie de premios), Unresolved, Keystone Kops, Dead Robin, Corrigan II y a Dios gracias muchísimos más (entre ellos algunos números auto conclusivos que también son pequeñas obras de arte). En todo este marco los trazos realistas de Lark fluían como el complemento perfecto a ese tono sombrío y hasta angustiante de las historias. La plasmación de humanidad e intimidad en los personajes le debe mucho a la labor de este dibujante posteriormente coincidente con el pelado Brubaker en su carrera en Marvel. La construcción de los escenarios/viñetas es de tal intensidad artística, que uno llega realmente a sentir en los lápices de Lark, desde por ejemplo la pesadumbre de uno de los personajes, hasta la misma humedad o frio de una noche.

Primero se fue Michael Lark (a quien se tuvo que ir, reemplazándosele poco a poco, con otros artistas como  Stefano Gaudiano o el español José Angel Cano López-Kano); luego se fue Brubaker; y finalmente Rucka decidió terminar la serie porque el equipo ya no estaba completo (y probablemente también era ya insostenible continuar por las bajas ventas). Siempre ha corrido la opinión de que esta serie “de Batman” probablemente duró demasiado con esas bajas ventas, y que fue el tesón de Rucka y de algunos ejecutivos de DC lo que la mantuvo (y es que sinceramente el nivel de calidad de Gotham Central era superlativo en esos años dentro del medio, por lo que valía la pena seguir publicándolo a pesar que el público no lo comprara), pero como la apoteósica letra de una conocida canción, todo tiene su final, nada dura para siempre…agregaría yo, pero a veces debería.

Si todavía no han tenido oportunidad de acceder a Gotham Central, es hora que lo hagan. Es una de las mejores series o historias del universo de Batman (como reconoció mi amigo JL en un antiguo post), contradictoriamente sin una presencia del murciélago; de relativa reciente publicación; donde las calles de Gotham y los policías que juraron defenderla son sus principales protagonistas; y nosotros, embelesados y privilegiados lectores, asistimos sin lugar a dudas a uno de los mejores trabajos de Rucka, Brubaker y Lark, y nos convertimos por unos instantes en miembros del Departamento de Policía de Gotham.

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A veces pienso que Guillermo del Toro (Guadalajara, 1964) debe sentirse a menudo como el personaje de Tom Hanks en “Big”, un niño vuelto grande sin darse cuenta, que de repente se ve trabajando en una tienda de juguetes. Solo que la tienda que le ha tocado en suerte es la monstruosa Hollywood y que este niño, juguetón y obsesivo en igual medida, ha ido poco a poco instalándose al interior de la industria de una forma casi omnisciente (¿qué blockbuster no lo tiene ahora de consultor creativo?) y ha llegado a un punto en que simplemente le han abierto todos los estantes para jugar. Y que este juego no solo lo disfruta él sino nosotros, contemplándolo.

Guillermo del Toro en el set de filmación de “Pacific Rim”.

Del Toro es un artesano. Desde sus películas iniciales hasta “Pacific Rim” (2013), todos sus proyectos nacen con él diseñando pacientemente en sus bitácoras la apariencia de las criaturas que poblarán sus películas y los escenarios que los cobijarán. Debe ser un auténtico placer el solo echar un ojo en esas bitácoras (y asumo que, más temprano que tarde, valdrán una fortuna). Pero el hecho de que le permitan hacer películas en base a ellos (y que puedan ser auténticos éxitos de taquilla), el hecho que le dejen jugar con tan grandes juguetes a un niño apasionado con esos engendros de fantasía, bellos unas veces, terroríficos otras, fascinantes siempre, es una cosa que maravilla y reconforta.

“Pacific Rim” (o “Titanes del Pacífico”, como se le ha llamado por aquí) es una película que va de robots y monstruos gigantes y de su monumental confrontación en medio de un mundo en vilo, mirándolos. Honesta y gozosamente, esa es la premisa y el corazón de la película. Un fin en sí mismo que es satisfecho con un argumento y personajes funcionales, que permiten trazar la arquitectura de la película sencilla y eficazmente. Si usted va a ver solo eso, permanecerá con la mandíbula abajo y las manos apretadas en los brazos de la butaca cada vez que un Jaeger se encuentre con un Kaiju y la pasará muy chévere. ¡No se pasen!, que si no se emocionan con la Batalla de Hong Kong es que nunca han sido niños o los criaron en una habitación como la de la penúltima secuencia de “2001: Space Odyssey”.

La danza comienza. Fotograma de “Pacific Rim”.

Ahora bien, si a usted lo que le interesa es ir a ver una película para paladear las interpretaciones de su elenco, tal vez salga un poco decepcionado, es cierto. Se nota que Del Toro estaba más interesado en sus adorables engendros metálicos y alienígenas. La mayor parte de los actores (incluso Idris Elba) parecen no haber ecualizado suficientemente bien su rendición de los personajes, lo que hace fallar varias veces el tono de las escenas involucradas, haciéndolas rondar peligrosamente la caricatura (¿alguien pensó en la pareja dispareja de la Ciencia Kaiju?). Pero, es justo reconocer que esto puede ser disfrutado en sí mismo por muchos y que, en cualquier caso, no traiciona el carácter desmesurado de una película con el argumento de ésta (¡han ido a ver una película de robots sacándole la mugre a monstruos tipo Godzilla, por favor!). En ese censo, no obstante, es imposible no destacar a la pequeña actriz que interpreta a Mako Mori en su infancia (de la actriz adulta, Rinko Kikuchi, yo he quedado enamorado, por lo demás) y a Ron Perlman (a estas alturas, casi un fetiche de Del Toro), cuyos breves papeles brillan tanto por su calidad interpretativa como las circunstancias tan afortunadamente bien dispuestas en las que se manifiestan.

In love. Rinko Kikuchi como Mako Mori. Fotograma de “Pacific Rim”.

Esto último nos devuelve al carácter de artesano de Del Toro. Reparen ustedes en cuán meticulosa y creativamente están compuestas las escenas de acción de la película; deténgase a ver cómo el director mexicano va apoyándose en detalles pintorescos para acompasar los enfrentamientos, dotándolos (según el caso) de una cualidad más humana o aún más épica. Unos mocasines revestidos de oro, un zapato rojo solitario en las manos de una niña, un Péndulo de Newton echado a funcionar en medio de una oficina semiderruida, unas palabras en japonés, una gigantesca lengua que figura una flor. Los vez y piensas: “¡qué bacán!”; y luego te das cuenta que no solo se ven geniales sino que ayudan a que todo funcione mejor. Por cosas así es que pretender comparar esta película con cualquiera de las “Transformers” es un clamoroso error.

Portada de la precuela de la película, en formato cómic, “Pacific Rim: Tales from Year Zero”, escrita por el coguionista de la película, Travis Beacham.

Mi carencia de background en lo que al género (o géneros) visitado por esta película se refiere hace que me sea imposible informarles cuántos y cuáles homenajes hace Del Toro a lo largo de “Pacific Rim”. Intuyo que son una enormidad. Pero dado que han sido integrados de una forma tan orgánica y solazada, como solo un niño que sabría de estas cosas puede hacer, la película no los tiene que subrayar y uno solo se limita a seguir el derrotero de todo eso tan paja que está pasando, que (como he tratado de sugerir aquí) es mucho.

Hace tiempo que el oír el tema característico de una película palomera no me emocionaba tanto. Vayan al cine a ver “Pacific Rim”.

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